Al encuentro de esa mujer…

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Ni heroína, ni valiente, ni loca. Periodista. Cuando me dijeron que en una hora debía estar lista para irme a Cayo Coco a la cobertura del paso de Irma, entendí que había llegado el momento de asumir todo lo que puede llevar consigo esa profesión.

De camino pensaba que iba a chocar con lo más difícil que en mis dos años de trabajo he podido experimentar, y que por cosas de esta vida llevaba nombre de mujer. Dos mujeres al encuentro, la metáfora que podía llegarme a la cabeza mientras desandábamos camino. Solo que una era mucho más fuerte, no le importaba nada, no creía en nadie. La otra solo tenía dos cosas bien claras: sobrevivir para contar historias, y contarlas de la mejor manera posible. Tanta precaución porque si de algo estaba segura, es de que Irma no tendría piedad. Y no la tuvo. Sigue leyendo

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Los no tan breves espacios en que estás

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Te busco. En las carreteras polvorientas, los caminos maltrechos, el sol que me golpea a ratos por la ventana. En los rostros de desconocidos de las terminales. En algunos ojos que se posan en mí, casi al descuido. En el lente de una cámara, abriendo y cerrando, como quien trata de atraparte. En los papeles que intento rayar para ti. En las calles de esto que llaman ciudad, por alguna extraña razón.

Pero no te encuentro.

Y de pronto Silvia canta Alfonsina y el mar. Y creo que comienzo a tener algunas pistas tuyas. En melodías de muchos lugares; cuando Ella me estremece con ese Every time we say goodbye; cuando descubro nuevas canciones y quiero regalártelas. En esa brisa que atraviesa la sala, mientras me mezo suavemente en el sillón. En mi cama semivacía, apareces de pronto en la madrugada; creo sentir un par de faroles verdes que me alumbran (¿Será que despertaste por allá y me miras?). Perdida entre páginas de un libro, entre links de artículos sobre temas inpensados, entre los 160 caracteres de 1, 2, 3… SMS, puedo tocarte. Parada en el balcón, Ciego se desdibuja y nos veo sentados en cualquier pedazo del Malecón, mirando el atardecer. De esas clásicas imágenes que no se borran.

Y el silencio. El silencio es el mejor espacio para hallarte. Siempre estás ahí, inmóvil, esperándome. Por eso voy a buscarte, una y otra, y otra vez.

Palabras sobre una visita o Cómo no encontrar un título adecuado para estas líneas.

La muerte pasa pocas veces por mi mente. Por fortuna.

Debe ser que hemos tenido poco contacto ella y yo. O porque me niego a pensar en lo que es irrevocablemente irremediable.

Pero aquel día no pude dejar de tenerla presente. Estar en un campo de concentración es una de esas experiencias, que después de tenerla no estás segura si debiste. Aunque en el fondo la sepas necesaria. Porque creo que hay que ir allí, hay que exprimirse el alma, salir roto, llorar, respirar ese ambiente sombrío. Hay que acercarse a eso para sentir el dolor ajeno, lejano, para pensar en muertes que no debieron ser, para saber que el ser humano es capaz de cosas impensables. Hasta que una vez las hace. Sigue leyendo

A modo de reproche

Old Letter

Aún guardo tus papeles. No me preguntes por qué. Tampoco cuestiones estas líneas, que solo tienen ese propósito de ser el aliviadero donde deposito ciertos tormentos.

Supongo que conservo parte de la historia en esos retazos, para que no se escapen. Nunca los miro, no los leo, recuerdo apenas lo que dicen. Pero no me atrevo a botarlos. A lo mejor es esa locura mía de guardar cosas, de almacenar momentos. Tal vez sea que me aferro a recordar cómo éramos, en aquellos días donde algo parecido a la felicidad dibujaba las escenas.

Garantizo que no es porque te quiera. Ya no lo hago. De ninguna de las formas posibles. Perdí la noción de cuándo sucedió. El hecho es que ya no está.

Me escuchan, dentro de aquella cajita encima de mi closet, algunas páginas entintadas, rayadas por ti. Me susurran que no piense más, que evite romperme la cabeza adivinando causas de los cambios, que no me deje atrapar por decepciones.

Y yo, testaruda, te evoco. Solo para decirte que aún guardo tus papeles. Las flores no. Las flores se hicieron polvo; y ya no las quise.

La Boda

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Ella llega, ataviada de tal manera que cualquiera podría deslucir a su lado. Él la espera, como quien recibe un regalo que viene acompañado a su vez de otro obsequio, uno aún bien pequeño pero que crece con una prontitud increíble.

Ellos tienen, al fin, el momento coronado. Firman, posan para la cámara, sonríen. Y uno está detrás, mirando, viendo pasar, paralelamente, fotogramas de esa historia que ya suma algunos años y tiene en ese instante una explosión, la cumbre después de las distancias, las llamadas, las lágrimas… Y uno, además, se deja seducir por el momento y le da por llorar, por sentirse feliz y hasta por pensar si alguna vez pasará de espectador a protagonista en una escena similar.

Después, cuando pasa el torbellino y se anda todavía medio atontado (creo se llama efecto pos-fiesta) recibe un sacudión cuando en una agenda vieja tropieza con las palabras de Retamar… y ya no encuentra más que decir. Sigue leyendo

La muerte y la política,

tienen ese punto de convergencia en el que la gente siempre tiene algo que decir. Incluso sin articular palabra alguna, esa (supuesta) indiferencia es la manera precisa de explicar sentimientos.

La muerte (en cualquiera de sus formas) a uno le pasa por la cabeza con frecuencia, irremediablemente.

La política, al menos aquí, te circunda, se hace parte de ti, aunque haya quien ingenuamente diga que no le interesa, que no forma parte de ella.

La muerte te sacude, te remueve todo eso en lo que creíste alguna vez, te hace buscar explicaciones, te deja sin argumentos.

La política nubla a veces el juicio, de tal forma, que la muerte resulta un alivio, una vara mágica que hará desparecer los problemas, la vía justa con la que otro paga el pesar. Y hay quienes, en un acto de pura indolencia, se alegran, festejan, no saben separar la política de la muerte, de la condición humana, de rencores pasados, no olvidan, no perdonan.

La muerte hace pensar en el curso ulterior de la política, en el qué pasará, en un mazazo definitivo que se sabía llegaría en determinado instante.

La política trasciende a la partida, porque moviliza, saca lo mejor y lo peor de muchos, disfraza camaleónicamente, impulsa, condena, ataca.

La muerte, deja la interrogante, la ausencia, el sabor de los rencores, las distancias insalvables y también marca un impasse en el hacer del día, aunque sea para preguntarse, ¿en serio pasó?

La política y la muerte se diluyen, se entremezclan, en un remolino tras el cual un país queda estático, como mareado, quizás a la espera o con la certeza de que nada cambiará.

Carta de advertencia

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Ahora que ya lo sabes, que conoces algunas de mis ideas locas y manías, acabas de convertirte en mi cómplice. No habrá vuelta atrás si eso crece, así que aún estás a tiempo. Corre si te asustarías al verme llorar de pronto por causas desconocidas, huye de las pasiones que puedo profesar si te alarman los quereres espléndidos, si no te crees capaz de soportar mis cambios repentinos de humor, los resabios que me asaltan, si no estás listo para aluviones de mimos, para leer estas letras desorganizadas que apuesto por llevar al papel cuando te pienso. Pero, si esos miedos son solo un pequeño por ciento en comparación con tus deseos de descubrirme y quedarte, te invito, te doy todo el permiso para que abras algunas puertas que hasta yo misma haya olvidado que existen.