¿Qué mitos justifican la violencia de género en Cuba? (Infografía)

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Fotos

índice

Se ha vuelto un ritual. Si te dejo entrar a mis días y pretendo/pretendes quedarte, anota que habrá algún momento en que te saque un sobre amarillo y te narre parte de mi vida con las fotos que allí guardo. En blanco y negro, a colores, en los brazos de mi madre, con mi hermana desdentada al fondo; con unos lazos que opacaban el poco pelo; en el coche, en la cuna, dentro de una palangana; yo gordita, con uniforme y sandalias (porque los días de fiesta quitarse los zapatos escolares era la mayor alegría), con aquella falda mostaza y mis 99 libras… Te explico las circunstancias de cada una, los porqués, te hago un par de cuentos, rememoro esos tránsitos, cómo pase de estar “llenita” a que flaca fuera (y es) mi apodo para muchos.

Si te embullas o te pongo un poco de presión, en otro rato inesperado busco el álbum azul. Y me doy chucho (para que participes también) con los 15. Las ganas que tenía de que llegaran para que, finalmente, me maquillaran como no han vuelto a hacerlo, a decirme que guiñara un ojo y yo tener algunos pequeños problemitas para hacerlo porque era demasiado para mi gusto. Sigue leyendo

Esas cosas que te hacen caer en cuenta sobre la adultez;

 

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desde las más simples: distribuir tu tiempo porque hay que darles espacio a lavar, cocinar, fregar, limpiar, (aunque, valga decirlo, no lleves una casa a tus espaldas); alegrarte porque hay lavadora nueva y todo es mejor: menos esfuerzo, la ropa se seca rápido… Renunciar a citas con los amigos precisamente por esas labores hogareñas que no puedes postergar. Te sientas frente al TV a las 4 de la tarde cuando, de casualidad estás cerca, y te parece que ha pasado mucho desde que, sin quitarte la pañoleta, ibas directo al sillón a ver lo que pusieran. Ahora te diviertes desde la nostalgia con Elpidio o Tom y Jerry y hasta te gustaría que salieran otra vez Alegrina y Tristolino, para recordar, como en un cuadro viejo, a la gordita de uniforme que se sabía las canciones que pasaban en Arcoiris Musical. Cuando eres tú quien echa pleitos por los regueros en el cuarto o porque no se hace lo que dices, o tu madre se va de viaje y a cada rato la llamas para saber de ella o cuando bromeas con mucha frecuencia sobre la edad.
Hay otras más difíciles de asumir: que la familia envejezca y lo percibas en la pérdida de facultades, en sus manos arrugadas, o en sus historias repetidas; las visitas más frecuentes y menos queridas a funerarias y cementerios; pensar demasiado en el futuro, hacerte constantemente esa pregunta dramática, ¿qué voy a hacer con mi vida?; despedir a los amigos que luego te escriben desde la distancia o que se vuelven fríos, casi desconocidos; tener la certeza de que vendrán más de esas despedidas, muchas más; preocuparte por la política, sentir que te duele un país (trillado, pero cierto); acrecentar tus dilemas internos, tus conflictos y demonios; necesitar un espacio propio; llorar por desamores, confiar y desconfiar, olvidar; no tener certeza de cuándo vendrá pero saber que si es ella se llamará Lucía; sentir que la felicidad o la tristeza te inundan; ver hacerse mujer a la hermana, odiar lo que le hace mal; ser hija, irremediablemente de la tecnología y todo lo que nos da; que se te adentre la tranquilidad, el amor, la aventura, la idea de no ser la misma de antes (parece lógico, pero no es tanto). Perderte entre letras para tratar de entender lo jodidamente hermoso (o no) de crecer.

Hay raras maneras de decir te extraño

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Sospecho que por momentos piensa que no la quiero demasiado. O al menos no tiene idea de lo importante que es para mí desde que yo era una pelusa de siete años y le veía crecer la panza a mi madre. Esa confusión, que nunca me ha revelado pero intuyo, es mi culpa. Totalmente. Porque soy un desastre a veces, solo a veces y sin una explicación apropiada, en eso de de demostrar cariño. Porque con solo 25 me he vuelto una cascarrabias sin remedio y apenas entro al cuarto y veo sus regueros empiezo a reclamarle de mal humor. Y como ella lleva mi sangre y lo no tan bueno se hereda todo termina en una discusión hogareña. Pero (lo escribo aquí y no se lo digo) hasta extraño, un poco nada más, esos desórdenes en medio de mis manías a lo Adrian Monk, cada vez que una Yutong se la lleva a Santiago de Cuba.

No nos timbramos, ni nos mandamos sms y cuando regresa a casa no coincidimos como me gustaría porque se vuelve una osa hibernando (fase recuperativa de las horas de sueño perdidas en el ambiente universitario) y yo llego a deshoras del trabajo, me enajeno con la laptop o me voy a dormir temprano. Lo dije, me he vuelto vieja antes de tiempo.

Le temo a todo lo que pueda pasarle. Desearía alejarla de cualquier mal rato aunque sé que no puedo. Un tanto frustrada pienso entonces en lo paradójicamente maravilloso de equivocarse, en la necesidad de que encuentre su propio camino, en verla hacerse mi historiadora del arte preferida y convertirse en una tremendísima mujer. ¿Mencioné frustración por error en alguna parte?

Me gusta pensar en la relación que nos une como una suerte de ensayo de cómo puede ser la maternidad. No sé si a alguien se le habrá ocurrido comparar los trajines de hermana mayor con ser responsable por entero de otra persona. A lo mejor no, pero por ahora me entretengo creyendo que sí, que algún parecido deben tener.

Y todas estas confesiones se han vuelto unas líneas que probablemente ella no lea. Trataré que vaya más allá de este espacio virtual. A fin de cuentas, decir te extraño cuando se siente así real no es tan difícil. ¿O sí?

Nosotras,

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tenemos esa relación de la que mucho puedo hablar, pero escribir, escribir siempre me ha resultado difícil. Supongo que la fluidez se detiene para referirme a cosas especiales y que me hacen feliz. Tal vez porque la musa es mi mejor amiga en tiempos de debilidad. O simplemente es complejo describir algo tan intenso como estos más de siete años de conocernos.

Sí. Ha llegado el momento de ponerme cursi si así le quieren llamar. Pero este blog no estaría completo si no les dedico unas líneas, en estos intentos míos por acercarme a la literatura o como quiera que se llamen estos trazos en las redes. Sigue leyendo

Encuentros

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El silencio cuando termina una canción. Las nubes antes y después de la lluvia. Un domingo sin ese halo de melancolía. Ausencias, lágrimas que se escapan. Mirar por la ventana como buscando, encontrándose con la nada. Hallar la coherencia para hilvanar palabras sobre el papel en blanco. Mirar el pasado con pesar, como queriendo no recordar.

Y de pronto, sentir que todo vuelve a su sitio, que te sacudes la pereza y te despojas hasta los huesos de cualquier tristeza. Vuelves a recorrer caminos y despiertas de un sueño que te parece ahora fue demasiado largo, aunque solo duró unos escasos meses. Escuchas una y otra vez la misma melodía porque quieres guardarla en alguno de tus pensamientos. Crees de nuevo que después de la tormenta siempre llega la calma, despaciosa, apresurada, o sin avisar. Tiempo. Corren los días y te envuelve la seguridad de que la soledad es un estado transitorio, necesario, disfrutable. Regresas a esa ciudad y la contemplas en el ir y venir, en la agitación a la que estás poco acostumbrada. Te asalta la duda, ¿querrás esto cada día el resto de tus días?, ¿cómo será cambiar todo cuando llegue el momento? Pero ves el mar a lo lejos y te das cuenta de que sí, de que definitivamente quieres vivir en un lugar así, porque allí tienes todo lo que en este momento necesitas. Piensas, ríes, sueñas, tocan a la puerta los amigos, vives. La luz …

Al encuentro de esa mujer…

ciclón

Ni heroína, ni valiente, ni loca. Periodista. Cuando me dijeron que en una hora debía estar lista para irme a Cayo Coco a la cobertura del paso de Irma, entendí que había llegado el momento de asumir todo lo que puede llevar consigo esa profesión.

De camino pensaba que iba a chocar con lo más difícil que en mis dos años de trabajo he podido experimentar, y que por cosas de esta vida llevaba nombre de mujer. Dos mujeres al encuentro, la metáfora que podía llegarme a la cabeza mientras desandábamos camino. Solo que una era mucho más fuerte, no le importaba nada, no creía en nadie. La otra solo tenía dos cosas bien claras: sobrevivir para contar historias, y contarlas de la mejor manera posible. Tanta precaución porque si de algo estaba segura, es de que Irma no tendría piedad. Y no la tuvo. Sigue leyendo