A modo de reproche

Old Letter

Aún guardo tus papeles. No me preguntes por qué. Tampoco cuestiones estas líneas, que solo tienen ese propósito de ser el aliviadero donde deposito ciertos tormentos.

Supongo que conservo parte de la historia en esos retazos, para que no se escapen. Nunca los miro, no los leo, recuerdo apenas lo que dicen. Pero no me atrevo a botarlos. A lo mejor es esa locura mía de guardar cosas, de almacenar momentos. Tal vez sea que me aferro a recordar cómo éramos, en aquellos días donde algo parecido a la felicidad dibujaba las escenas.

Garantizo que no es porque te quiera. Ya no lo hago. De ninguna de las formas posibles. Perdí la noción de cuándo sucedió. El hecho es que ya no está.

Me escuchan, dentro de aquella cajita encima de mi closet, algunas páginas entintadas, rayadas por ti. Me susurran que no piense más, que evite romperme la cabeza adivinando causas de los cambios, que no me deje atrapar por decepciones.

Y yo, testaruda, te evoco. Solo para decirte que aún guardo tus papeles. Las flores no. Las flores se hicieron polvo; y ya no las quise.

La Boda

boda-caminando

Ella llega, ataviada de tal manera que cualquiera podría deslucir a su lado. Él la espera, como quien recibe un regalo que viene acompañado a su vez de otro obsequio, uno aún bien pequeño pero que crece con una prontitud increíble.

Ellos tienen, al fin, el momento coronado. Firman, posan para la cámara, sonríen. Y uno está detrás, mirando, viendo pasar, paralelamente, fotogramas de esa historia que ya suma algunos años y tiene en ese instante una explosión, la cumbre después de las distancias, las llamadas, las lágrimas… Y uno, además, se deja seducir por el momento y le da por llorar, por sentirse feliz y hasta por pensar si alguna vez pasará de espectador a protagonista en una escena similar.

Después, cuando pasa el torbellino y se anda todavía medio atontado (creo se llama efecto pos-fiesta) recibe un sacudión cuando en una agenda vieja tropieza con las palabras de Retamar… y ya no encuentra más que decir. Sigue leyendo

La muerte y la política,

tienen ese punto de convergencia en el que la gente siempre tiene algo que decir. Incluso sin articular palabra alguna, esa (supuesta) indiferencia es la manera precisa de explicar sentimientos.

La muerte (en cualquiera de sus formas) a uno le pasa por la cabeza con frecuencia, irremediablemente.

La política, al menos aquí, te circunda, se hace parte de ti, aunque haya quien ingenuamente diga que no le interesa, que no forma parte de ella.

La muerte te sacude, te remueve todo eso en lo que creíste alguna vez, te hace buscar explicaciones, te deja sin argumentos.

La política nubla a veces el juicio, de tal forma, que la muerte resulta un alivio, una vara mágica que hará desparecer los problemas, la vía justa con la que otro paga el pesar. Y hay quienes, en un acto de pura indolencia, se alegran, festejan, no saben separar la política de la muerte, de la condición humana, de rencores pasados, no olvidan, no perdonan.

La muerte hace pensar en el curso ulterior de la política, en el qué pasará, en un mazazo definitivo que se sabía llegaría en determinado instante.

La política trasciende a la partida, porque moviliza, saca lo mejor y lo peor de muchos, disfraza camaleónicamente, impulsa, condena, ataca.

La muerte, deja la interrogante, la ausencia, el sabor de los rencores, las distancias insalvables y también marca un impasse en el hacer del día, aunque sea para preguntarse, ¿en serio pasó?

La política y la muerte se diluyen, se entremezclan, en un remolino tras el cual un país queda estático, como mareado, quizás a la espera o con la certeza de que nada cambiará.

Carta de advertencia

abrazo-de-enamorados

Ahora que ya lo sabes, que conoces algunas de mis ideas locas y manías, acabas de convertirte en mi cómplice. No habrá vuelta atrás si eso crece, así que aún estás a tiempo. Corre si te asustarías al verme llorar de pronto por causas desconocidas, huye de las pasiones que puedo profesar si te alarman los quereres espléndidos, si no te crees capaz de soportar mis cambios repentinos de humor, los resabios que me asaltan, si no estás listo para aluviones de mimos, para leer estas letras desorganizadas que apuesto por llevar al papel cuando te pienso. Pero, si esos miedos son solo un pequeño por ciento en comparación con tus deseos de descubrirme y quedarte, te invito, te doy todo el permiso para que abras algunas puertas que hasta yo misma haya olvidado que existen.

La maldición del agua,

me persigue desde hace unos años…o al menos eso creo.sequia

Recuerdo el primer contacto con lo que sería esta convulsa relación con el preciado líquido: la llegada a la universidad. Ante la negativa de irme a Camagüey, según lo disponía mi cercanía geográfica, un hecho agudizaba el rechazo: hasta el cuarto piso no llega el agua, hay que cargarla desde el primero, me dijeron. Y lloré por dentro. En la inspección de recorrido a los baños, recuerdo las palabras de mi madre: “aquí no llega y parece que las esperanzas también se secaron, porque no hay llaves y las duchas, brillan por su ausencia.”

No fue tan así, pero se acercó un tanto. Sigue leyendo

Aplausos para ennoblecer el alma

Fotos: Osvaldo Gutiérrez Gómez

Publicado originalmente en BOHEMIA

La ciudad se paraliza como si se congelaran los minutos y solo hubiese ojos para detallar los movimientos. Hombres y mujeres vestidos con barro toman por asalto arterias principales, callejones, y se hace inevitable no detener el paso para descubrir de qué se trata semejante escena.

No cabe el asombro en las miradas y los susurros de los espectadores, quienes quedan perplejos ante la capacidad actoral para lograr la precisión y la concentración. Esto ha sido factor común cada vez que D´Morón Teatro sale a las calles y la lluvia de aplausos corona el final de sus presentaciones. Sigue leyendo

Celebración del nacimiento

Verlos así, indefensos, acostados, semidormidos, moviéndose de a poco, a veces con vendas, esparadrapos y aparatos, me hace ponerme toda emocionada. Es como estar recorriendo un museo de vida. Llámenme cursi, los perdono.

Y es que observarlos te llena con la ansiedad de querer tocarlos y no poder, son demasiado frágiles y la torpeza propia de las manos podría lastimarlos. Te transmiten, te transmiten la ternura, despiertan el instinto latente de ser madre, evocan el pasado, cuando conociste a un sobrino o al hermano pequeño que te alegró el alma.

¿Te embullas?, me preguntan. Y en medio de esa torva de pensamientos, dejo bien claro el no, el todavía, el hay que esperar, con la certeza de aún no estar lista, aunque realmente no sé si en algún momento se está definitivamente. Igual, ahora no, ahora solo me limito a contemplarlos, a buscar en ellos la inocencia que ya perdí, a pensarlos de grande, a quererlos siendo tía postiza, a verlos de vez en vez y retozar, a mirarlos detrás de un cristal en el hospital y sentirme tensa; pero sobre todo, a celebrar que llegan, para conquistarte con esas miradas tiernas.