Esas cosas que te hacen caer en cuenta sobre la adultez;

 

upordown

desde las más simples: distribuir tu tiempo porque hay que darles espacio a lavar, cocinar, fregar, limpiar, (aunque, valga decirlo, no lleves una casa a tus espaldas); alegrarte porque hay lavadora nueva y todo es mejor: menos esfuerzo, la ropa se seca rápido… Renunciar a citas con los amigos precisamente por esas labores hogareñas que no puedes postergar. Te sientas frente al TV a las 4 de la tarde cuando, de casualidad estás cerca, y te parece que ha pasado mucho desde que, sin quitarte la pañoleta, ibas directo al sillón a ver lo que pusieran. Ahora te diviertes desde la nostalgia con Elpidio o Tom y Jerry y hasta te gustaría que salieran otra vez Alegrina y Tristolino, para recordar, como en un cuadro viejo, a la gordita de uniforme que se sabía las canciones que pasaban en Arcoiris Musical. Cuando eres tú quien echa pleitos por los regueros en el cuarto o porque no se hace lo que dices, o tu madre se va de viaje y a cada rato la llamas para saber de ella o cuando bromeas con mucha frecuencia sobre la edad.
Hay otras más difíciles de asumir: que la familia envejezca y lo percibas en la pérdida de facultades, en sus manos arrugadas, o en sus historias repetidas; las visitas más frecuentes y menos queridas a funerarias y cementerios; pensar demasiado en el futuro, hacerte constantemente esa pregunta dramática, ¿qué voy a hacer con mi vida?; despedir a los amigos que luego te escriben desde la distancia o que se vuelven fríos, casi desconocidos; tener la certeza de que vendrán más de esas despedidas, muchas más; preocuparte por la política, sentir que te duele un país (trillado, pero cierto); acrecentar tus dilemas internos, tus conflictos y demonios; necesitar un espacio propio; llorar por desamores, confiar y desconfiar, olvidar; no tener certeza de cuándo vendrá pero saber que si es ella se llamará Lucía; sentir que la felicidad o la tristeza te inundan; ver hacerse mujer a la hermana, odiar lo que le hace mal; ser hija, irremediablemente de la tecnología y todo lo que nos da; que se te adentre la tranquilidad, el amor, la aventura, la idea de no ser la misma de antes (parece lógico, pero no es tanto). Perderte entre letras para tratar de entender lo jodidamente hermoso (o no) de crecer.

Anuncios

Hay raras maneras de decir te extraño

leidy

Sospecho que por momentos piensa que no la quiero demasiado. O al menos no tiene idea de lo importante que es para mí desde que yo era una pelusa de siete años y le veía crecer la panza a mi madre. Esa confusión, que nunca me ha revelado pero intuyo, es mi culpa. Totalmente. Porque soy un desastre a veces, solo a veces y sin una explicación apropiada, en eso de de demostrar cariño. Porque con solo 25 me he vuelto una cascarrabias sin remedio y apenas entro al cuarto y veo sus regueros empiezo a reclamarle de mal humor. Y como ella lleva mi sangre y lo no tan bueno se hereda todo termina en una discusión hogareña. Pero (lo escribo aquí y no se lo digo) hasta extraño, un poco nada más, esos desórdenes en medio de mis manías a lo Adrian Monk, cada vez que una Yutong se la lleva a Santiago de Cuba.

No nos timbramos, ni nos mandamos sms y cuando regresa a casa no coincidimos como me gustaría porque se vuelve una osa hibernando (fase recuperativa de las horas de sueño perdidas en el ambiente universitario) y yo llego a deshoras del trabajo, me enajeno con la laptop o me voy a dormir temprano. Lo dije, me he vuelto vieja antes de tiempo.

Le temo a todo lo que pueda pasarle. Desearía alejarla de cualquier mal rato aunque sé que no puedo. Un tanto frustrada pienso entonces en lo paradójicamente maravilloso de equivocarse, en la necesidad de que encuentre su propio camino, en verla hacerse mi historiadora del arte preferida y convertirse en una tremendísima mujer. ¿Mencioné frustración por error en alguna parte?

Me gusta pensar en la relación que nos une como una suerte de ensayo de cómo puede ser la maternidad. No sé si a alguien se le habrá ocurrido comparar los trajines de hermana mayor con ser responsable por entero de otra persona. A lo mejor no, pero por ahora me entretengo creyendo que sí, que algún parecido deben tener.

Y todas estas confesiones se han vuelto unas líneas que probablemente ella no lea. Trataré que vaya más allá de este espacio virtual. A fin de cuentas, decir te extraño cuando se siente así real no es tan difícil. ¿O sí?

Nosotras,

17553502_1286125121468323_6034652226065723337_n

tenemos esa relación de la que mucho puedo hablar, pero escribir, escribir siempre me ha resultado difícil. Supongo que la fluidez se detiene para referirme a cosas especiales y que me hacen feliz. Tal vez porque la musa es mi mejor amiga en tiempos de debilidad. O simplemente es complejo describir algo tan intenso como estos más de siete años de conocernos.

Sí. Ha llegado el momento de ponerme cursi si así le quieren llamar. Pero este blog no estaría completo si no les dedico unas líneas, en estos intentos míos por acercarme a la literatura o como quiera que se llamen estos trazos en las redes. Sigue leyendo

Encuentros

15238304-foto-de-adolescente-alegre-que-se-divierte-en-el-campo-lindo-pie-feliz-femenino-en-campo-de-trigo-co

El silencio cuando termina una canción. Las nubes antes y después de la lluvia. Un domingo sin ese halo de melancolía. Ausencias, lágrimas que se escapan. Mirar por la ventana como buscando, encontrándose con la nada. Hallar la coherencia para hilvanar palabras sobre el papel en blanco. Mirar el pasado con pesar, como queriendo no recordar.

Y de pronto, sentir que todo vuelve a su sitio, que te sacudes la pereza y te despojas hasta los huesos de cualquier tristeza. Vuelves a recorrer caminos y despiertas de un sueño que te parece ahora fue demasiado largo, aunque solo duró unos escasos meses. Escuchas una y otra vez la misma melodía porque quieres guardarla en alguno de tus pensamientos. Crees de nuevo que después de la tormenta siempre llega la calma, despaciosa, apresurada, o sin avisar. Tiempo. Corren los días y te envuelve la seguridad de que la soledad es un estado transitorio, necesario, disfrutable. Regresas a esa ciudad y la contemplas en el ir y venir, en la agitación a la que estás poco acostumbrada. Te asalta la duda, ¿querrás esto cada día el resto de tus días?, ¿cómo será cambiar todo cuando llegue el momento? Pero ves el mar a lo lejos y te das cuenta de que sí, de que definitivamente quieres vivir en un lugar así, porque allí tienes todo lo que en este momento necesitas. Piensas, ríes, sueñas, tocan a la puerta los amigos, vives. La luz …

Al encuentro de esa mujer…

ciclón

Ni heroína, ni valiente, ni loca. Periodista. Cuando me dijeron que en una hora debía estar lista para irme a Cayo Coco a la cobertura del paso de Irma, entendí que había llegado el momento de asumir todo lo que puede llevar consigo esa profesión.

De camino pensaba que iba a chocar con lo más difícil que en mis dos años de trabajo he podido experimentar, y que por cosas de esta vida llevaba nombre de mujer. Dos mujeres al encuentro, la metáfora que podía llegarme a la cabeza mientras desandábamos camino. Solo que una era mucho más fuerte, no le importaba nada, no creía en nadie. La otra solo tenía dos cosas bien claras: sobrevivir para contar historias, y contarlas de la mejor manera posible. Tanta precaución porque si de algo estaba segura, es de que Irma no tendría piedad. Y no la tuvo. Sigue leyendo

Los no tan breves espacios en que estás

pareja-1

Te busco. En las carreteras polvorientas, los caminos maltrechos, el sol que me golpea a ratos por la ventana. En los rostros de desconocidos de las terminales. En algunos ojos que se posan en mí, casi al descuido. En el lente de una cámara, abriendo y cerrando, como quien trata de atraparte. En los papeles que intento rayar para ti. En las calles de esto que llaman ciudad, por alguna extraña razón.

Pero no te encuentro.

Y de pronto Silvia canta Alfonsina y el mar. Y creo que comienzo a tener algunas pistas tuyas. En melodías de muchos lugares; cuando Ella me estremece con ese Every time we say goodbye; cuando descubro nuevas canciones y quiero regalártelas. En esa brisa que atraviesa la sala, mientras me mezo suavemente en el sillón. En mi cama semivacía, apareces de pronto en la madrugada; creo sentir un par de faroles verdes que me alumbran (¿Será que despertaste por allá y me miras?). Perdida entre páginas de un libro, entre links de artículos sobre temas inpensados, entre los 160 caracteres de 1, 2, 3… SMS, puedo tocarte. Parada en el balcón, Ciego se desdibuja y nos veo sentados en cualquier pedazo del Malecón, mirando el atardecer. De esas clásicas imágenes que no se borran.

Y el silencio. El silencio es el mejor espacio para hallarte. Siempre estás ahí, inmóvil, esperándome. Por eso voy a buscarte, una y otra, y otra vez.

Palabras sobre una visita o Cómo no encontrar un título adecuado para estas líneas.

La muerte pasa pocas veces por mi mente. Por fortuna.

Debe ser que hemos tenido poco contacto ella y yo. O porque me niego a pensar en lo que es irrevocablemente irremediable.

Pero aquel día no pude dejar de tenerla presente. Estar en un campo de concentración es una de esas experiencias, que después de tenerla no estás segura si debiste. Aunque en el fondo la sepas necesaria. Porque creo que hay que ir allí, hay que exprimirse el alma, salir roto, llorar, respirar ese ambiente sombrío. Hay que acercarse a eso para sentir el dolor ajeno, lejano, para pensar en muertes que no debieron ser, para saber que el ser humano es capaz de cosas impensables. Hasta que una vez las hace. Sigue leyendo